LA CAMILLA

Es una superviviente. Sus ruedas llevan chirriando por los pasillos del hospital de la indolencia nueve años y un trimestre, recogiendo el gemido de un hueso roto, el fin de un embarazo adolescente o la bala descerebrada que rebotó en un niño. Al fin y al cabo, trasladando la miseria humana desde la calle a un cuarto donde el lamento queda impregnado en una pared de pintura desconchada. La camilla debería estar jubilada, pero se resistió a ser convertida en una cama o a asomar como reliquia en el triciclo de un chatarrero. Hace ruido, se tuerce en el camino, le faltan cuatro tuercas y un pasador pero no falla, está donde tiene que estar cuando se requiere, como un soldado de pelotón desvencijado por la batalla.

Le pusieron por nombre Camila tres enfermeras que en un descanso tomaban café a su lado considerándola de las suyas. A partir de entonces, ¿dónde está la paciente del dolor en los riñones? Allí donde Camila, se contestaba, y sabían encontrarla. Ser una camilla en urgencias no es fácil, tan pronto llega al destino ya están botando al paciente para ir deprisa por otro. Hubo días de cuarenta carreras o más en los que la gente se abría a su paso, nada la hacía sentirse tan briosa. En dos ocasiones chocó, una contra el marco de una puerta que se descolgó y la segunda con otra camilla en el cruce de los quirófanos 2 y 3, por poco las meten a ellas para operarlas, se burló el auxiliar Nemesio que había provocado el infortunio. Tres meses duró hasta que lo cancelaron, un respeto.
Un día el director del hospital durante una inspección antes de la visita del viceministro la acechó de reojo y pudo temerse lo peor. No obstante, lo que recibió fue una limpieza y un ajuste imprevistos que la rejuvenecieron para unos cuantos meses, hasta las enfermeras se alegraban de ello y se decían con cierta mofa: ¡mira a Camila, está que ni se la reconoce!
En la noche, el desasosiego de los acompañantes les impide conciliar el sueño. Ocurrió que un individuo tenía ante sí a una señora mayor consternada, apenas sentada de medio cuerpo al borde de una ventana, quién sabe rogando por quién, pegado el rostro al cristal. Y en la frialdad de aquel pasillo, el hombre quedó atónito al ver moverse por sí sola unos centímetros a una camilla hasta tocar suavemente el vestido de la afligida. Decidió levantarse y no decírselo a nadie, no le fueran a tomar por lunático.

Related

OPINIÓN 5355360158061996282

Publicar un comentarioDefault Comments

emo-but-icon

PÚBLICIDAD

Públicidad

PUBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

PÚBLICIDAD

Publicidad

Publicidad

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD
item