¿Expulsarme?

Guido Gómez Mazara.
La idea de apoderarse del PRD tenía como meta esencial la estructuración de un partido a su “servicio”. Por eso, la gran tragedia de la organización de mayor tradición democrática no puede reducirse a la ridícula votación obtenida, sino al uso vil de la plataforma partidaria para la consecución de negocios y ventajas personales. Los que no participamos de ese esquema, y con energía cuestionamos al “amo” de turno representamos un sector del que se piensa salir.
Miguel Vargas Maldonado posee una concepción deformada de la actividad partidaria. Pretende dirigir un partido democrático, sin disensos y lo único que asume es el servilismo y genuflexión como expresión de militancia. Genio y figura. No debate a lo interno, olvida formular propuestas sobre los temas nacionales, desconecta el PRD de su histórica base social y “gana” cuando el partido “pierde”.
En su lógica, no tolera los cuestionamientos porque confunde el enfrentamiento con indisciplina. Así activa los circuitos institucionales creyendo que la sociedad no tiene una idea clara y precisa alrededor de lo que representa. Nunca el PRD había generado tanta repulsa en amplios núcleos ciudadanos. Y de paso, jamás un exponente del cuerpo directivo había sido desmantelado por el desarrollo de negocios privados que tanto daño provocan al crédito de la organización.
Vargas Maldonado es, ha sido y será un hombre de negocios, pero nadie en su sano juicio puede cuestionar su naturaleza comercial. El problema comenzó en el instante en que sus actividades privadas obstruyeron el desenvolvimiento de la institución. Por eso, el centro de los escándalos donde aparece su nombre, casi siempre, tienen como destino final una operación con el Estado, y un partido no puede hipotecar su conducta como resultado del oficio privado de su principal dirigente. Aquí a nadie le pasa por la cabeza que los lideres históricos se asociaran con transacciones distantes de su oficio: imagínense a Juan Bosch, Peña Gómez, Joaquín Balaguer ejerciendo su rol opositor y ganado licitaciones, consiguiendo préstamos en medio de una campaña electoral o un subalterno presidiendo una empresa que vendió un barrio.
Como no tolera la disidencia pretende expulsarme. Activa su entramado institucional para legitimar un deseo que, con la etiqueta de juicio disciplinario, expresa su profundo temor a competir en buena lid, enfrentar conceptos y explicar aspectos esenciales de su gestión como el manejo de los fondos partidarios. No iré ante ninguna instancia. Inclusive, el dislocamiento ético del PRD se retrata con la “figura” encargada de procesarme que, entre sus atributos inigualables, está el de aparecer en un video orientando a una turba para dispararle a sus compañeros en medio de un proceso convencional.
Siempre he tenido claro al tipo de personas que me enfrento. No me dejaré provocar. Afortunadamente, el día 2 de febrero, el magistrado Carlos Vidal envió al despacho del Procurador General toda la documentación concerniente a la querella depositada por mí respecto al destino de 1,200 millones manejados por la autoridad partidaria. Ante esa instancia voy asistir porque he canalizado mis discrepancias por las vías que me asigna la ley.
Pretender que asista el día 17 a un juicio disciplinario constituye un acto de cobardía de Vargas Maldonado. Afortunadamente, tengo un compromiso que está por encima de mí y que no voy a traicionar porque seria echar por tierra, tantas horas de honor y sacrificio que corren por mis venas y me asignan el privilegio de llevar mis apellidos con orgullo.

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