Dossier de Opiniones

Por Federico Sánchez

El Auge del periodismo académico La proliferación que ha tomado en los últimos tiempos en nuestro país el periodismo académico prestigia y enarbola el derecho a la información que tienen los ciudadanos. Estimula, por demás, a que el trabajador de la prensa reoriente sus criterios informativos asimilado a un nivel cultural y pedagógico de amplias proyecciones, de variadas coberturas en la transmisión del mensaje, en tanto se le orienta, se le enseña académicamente la forma de la noticia y la redacción específica, los géneros y los estilos periodísticos, que fuera de las aulas tardaría en aprender, producto de la improvisación y el desconocimiento de los mismos. Un periodista graduado en materias de comunicación social, avalado por un pensum de asignaturas humanísticas, propone con mayores criterios propios con argumentos más valederos y convincentes, los valores inalienables e irreductibles que deben caracterizar al periodismo moderno: la libertad de información, el derecho a crítica, el despliegue interno, en las páginas editoriales, de la pluralidad ideológica, sin atadura marcial o coerción individual; en fin, la libertad de expresión y difusión del pensamiento, como garante de una convivencia humana, pacífica y que en última instancia puede consignarle al individuo su derecho de justicia social, económica, cultural y la no menos sustanciosa actividad democrática que es inconfundible con el derecho a la sobrevivencia. Asimilando experiencias del periodismo internacional y, en lo interno, de la más vieja casa de estudio, la UASD, a través de su Escuela de Comunicación, diversas instituciones académicas han integrado a su folio curricular la carrera periodística. De modo que el auge del periodismo académico se observa en próspera perspectiva. Con un futuro inmediato repleto de grandes satisfacciones profesionales, se convierte hoy en asignatura académica obligatoria, en la imprescindible disyuntiva de estudiarse, si bien con más entusiasmo y carisma, con más disciplina pedagógica. Concomitantemente con el aumento, no menos fructífero, del número de circulación de ejemplares, con la salida permanente de ocho diarios (Listín Diario, Hoy, El Caribe, El Sol, Nuevo Diario, Ultima Hora, El Nacional, La Noticia), y conjuntamente con la creación del Colegio Dominicano de Periodistas, varias universidades se incorporan al academicismo de la comunicación social. La Universidad Central del Este -UCE-, Universidad Católica de Santo Domingo –UCSD-, Univedrsidad Dominicana O&M, Universidad CDEP, Universidad Tecnológica de Santiago -UTESA, Universidad Interamericana -UNICA-, entre otras, han allanado el camino graduando periodistas, que si bien se experimentan finalmente en las salas de redacción, primero pasan por un tamiz purificador, de aprendizaje constante, diverso. Pero también se ven inmersos, estos discentes, en un mundo comunicacional en pugilato, como lo es el
mismo centro de las aulas, entre acólitos o apologistas de la libertad plural de información y diletantes defensores de otras lides ideológicas. Esta coyuntura nos ofrece varios aspectos, a saber: que el periodismo académico, a fin de cuenta, se impone como carrera inevitable favoreciendo al alumno y a la misma empresa a la cual iría a laborar; que adquiere un relieve atractivo e importante como tribuna, por cuanto todo aspirante a periodista debe comprender para abrirse paso en la prensa moderna y obstruir todo intento de coacción del pensamiento y su secuela de horrores y estropicios ideológicos o violencias políticas o exploración económica; que, como carrera da prestigio y respecto y, en un futuro no muy distante, una mayor y mejor seguridad social por todo lo que significa el CDP; y que, por último, garantiza un aumento de las fuentes de ingresos del periodista titulado. Además de las salas de redacción (periódico, radio, televisión, cine...), de las relaciones públicas, estatales y privadas, pululan hoy, inenarrablemente, salones docentes, donde afluyen los ya experimentados periodistas a ofrecer sus conocimientos. Para mayor prestigio de las escuelas estos profesionales de la comunicación observan conductas intachables en cuanto a sus valores culturales y su conocimiento en materia periodística. Bonaparte Gautreaux Piñeyro, Francisco Comarazamy, Pedro Gil Iturbides, Dania Goris, Giussepe Rímoli, Onofre de la Rosa, Adriano de la Cruz, Lipe Collado, Alberto Malagón, Alberto Villaverde, José Luís Sáez, Félix Frank Ayuso, Rodolfo Coiscou Weber, entre otros de no menos solvencia académica, se constituyen en estandartes enarbolados, en intermediarios de la instrucción informativa, en maestros que fungen de mecenas a la hora de impartir sus conocimientos; pero también en acorralados polemistas convertidos en blancos de dardos que lanzan los educandos, pues éstos se sienten en plena libertad de oponer ideas, de entrecruzarlas y chocarlas con las que les envían, adheridas a sus conciencias de maestros, aquellos profesionales que permiten que el libre albedrío de las ideas fluya sin ataduras ni mordazas por los aires de las aulas. Es innegable, en consecuencia, que el auge del periodismo académico que crece diáfanamente en el orbe nacional asegura, maximiliza el inmarcesible derecho del hombre a la información. Por lo pronto, este derecho debe garantizarse tanto por instancias jurídicas, por tradiciones consuetudinarias, como por el sesgo y el desvelo de los mismo profesionales del periodismo impuesto como tarea. Esta tarea debe ser realizada, configurada no al margen de las reglas del juego que precisa el respeto mutuo. Todo lo contrario. Es decir, que haya libertad tanto para la réplica como para la adhesión con respecto al mensaje informativo. Rechazar de golpe y porrazo el totalitarismo alienable, unívoco, incontestable, de la información. “Si no se da esto -según la feliz expresión de un periodista español- no es periodismo; es relaciones públicas comercial o propaganda ideológica”.















Dossier de Opiniones

Por Federico Sánchez





La Tolerancia:
del Decálogo al Diálogo, y viceversa

El Decálogo, a semejanza de la tablilla de Moisés, es una guía o regla de comportamiento social y moral, que debe prevalecer y a un tiempo regir los destinos de un conglomerado, vale decir un pueblo, una nación; suele ser una “categoría imperativa”, a decir del filósofo Emmanuel Kant, en tanto sería una conducta general. Su fin principal es la convivencia, el consenso, el comportamiento de todos tras
una mejor convivencia.
El diálogo surge como el entendimiento entre las personas a través de la expresión, como derecho, como deber, por cualquier medio, y es fundamental para la democracia. Las diferencias, expuestas sobre el tapete, deben llegar a un convenio común. Toda convención armoniza las conductas.
Una cultura general basada en el principio de la tolerancia, de la transigencia, sin dolo ni orgullo individual, y quizá ni colectivo, en el caso de un país frente a otro, debe prevalecer para la paz, la convivencia pacífica; que sea resorte de una distensión.
Aplicar la tolerancia y aceptar el reconocimiento de las diferencias, de los puntos de vistas individuales, sometidos a la discusión abierta, es sinónimo de apertura democrática. De la unilateralidad a la acción unificada, de la homogeinidad o el reconocimiento de la heterogeinidad, sin claudicar a la diversidad, enriquece la sociedad en sus perfiles de convivencias, desarrollo y amplitud cultural.
La crisis económica, y cualquier otra crisis social, es un factor declinante en tanto provoca disfunción social, desasosiego, parálisis, pero se puede sobrevivir, paliar los inconvenientes a base de conciencia, de voluntad, si nos atenemos a un diálogo continuo, no contumaz.
Un Estado compulsivo, centralizado, sin tolerancia a las diferencias, tanto de la mayoría como de la minoría relativa (que también tienen derecho), dificulta el diálogo; porque el diálogo es fortalecer nuestra endeble democracia, en tanto sutil, tosca y quizá lenta en su progresivo avance, pero pasible de ajustarse adecuadamente a los nuevos paradigmas de convivencia pacífica, y crear la distensión necesaria es posible, derribando así la cortina de hierro que encierra a muchas naciones que se niegan a la democracia verdadera. Y así entender que hay que aprovechar todas las posibilidades y cualidades creativas que nos lleven a un mismo rincón, sin apretujarnos o zaherirnos.
A través de la educación, por todos los medios posibles, se puede ayudar a crear una cultura de diálogo y tolerancia, y debe implementarse asidua y conscientemente como marco jurídico, ético, y como conducta tempestiva, individual y colectiva.
No se puede caer en ningún tipo de totalitarismo político. Tanto el nazismo, el fascismo, y el falangismo, como el estalinismo, por ejemplo, persiguen fines disgregacionistas, desarraigando la convivencia total. pues sus poderes provienen de una economía centralizada, dirigida por una oligarquía política, con poderes homogéneos, únicos. Todos los sectores sociales giran a su alrededor. Crean átomos para alimentar un núcleo.
En cambio, la democracia propone armonía económica con pluralidad política. Es heterogénea. Diversa. Amplia. Crea núcleos rodeados por átomos, libres y satisfechos de sus roles. En ese sentido, vale decir que
los intereses comunes se sobreponen a los intereses de clases e individualistas, de clanes o castas. Lo contrario sería pervertir la democracia. Los principios no se imponen, olímpica y oligárquicamente.

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