La pobreza es la pieza angular de nuestro modelo económico

Margarita Katrenko

Margarita Katrenko Ser -y permanecer- un país pobre es una decisión deliberada y consciente que toman los países. Las condiciones de dignidad individual que un país está dispuesto a otorgar a sus ciudadanos es lo que anuda y teje la oferta de valor que dicho país ofrecerá, tanto a sí mismo como a sus clientes del exterior (exportaciones). Es como cuando una empresa es creada por primera vez y decide su nicho de mercado. Si ha decidido atender clientes clase A, toda su estructura debe responder a esa decisión: su tecnología es de punta, su personal es altamente calificado, sus procesos son eficientes y eficaces y su servicio al cliente es una delicia. En cambio, si la empresa se dedica a clientes de clase baja, su enfoque se concentra en la reducción de costos, entonces sus tecnologías tienden a ser atrasadas y su capital humano a ser de baja calificación, con trabajos manuales, sencillos y repetitivos, con lo cual es posible pagarle bajos salarios.
Si analizamos la historia económica de República Dominicana, veremos que la pobreza es ingrediente esencial de su sostenibilidad: desde los hatos ganaderos, la industria azucarera, hasta los 4 pilares de la economía actual: agricultura de baja tecnificación, minería, turismo de bajo precio y zonas francas industriales de productos commodities. Nuestra producción está enfocada en materia prima y productos de bajo valor agregado que compiten por precio en los mercados internacionales. Es por esto que pagar bajos salarios es clave para poder mantener una posición competitiva frente a otros países que nos permita colocar productos en el mercado y mantener la rentabilidad esperada por el inversionista.
Es tanto así, que nuestro Ministro de Industria y Comercio presentó nuestros bajos salarios como una ventaja competitiva* cuando nos comparaba con China y el resto de los países centroamericanos en una feria de inversionistas extranjeros.
Ahora bien, ¿qué se necesita para mantener esa “ventaja competitiva”? Un salario bajo sólo puede pagarse a personal con bajo nivel de calificación académica, poco tecnificado y con bajas expectativas de una vida digna. Es por esto que no importa cuál sea el porcentaje del PIB dedicado al Ministerio de Educación, la educación del pueblo dominicano no va a mejorar, porque mejorarla implica romper las bases sobre las cuales se sustenta nuestro modelo económico. Y ese cambio de modelo económico es necesario, es urgente, pero nuestros actores políticos no tienen las herramientas para asumirlo, enfrentarlo y liderarlo.  Tampoco los líderes empresariales se muestran interesados en romper esta perversa díada pobreza-educación, pues para ellos hasta ahora este modelo ha sido rentable.
Esta penosa realidad es la que ha empujado a muchos de los talentos dominicanos en busca de oportunidades de aplicar conocimientos más aplicados lejos de su tierra, por lo limitado del mercado dominicano para el talento diverso y tecnificado.
Sin embargo, debemos reconocer la cuota de responsabilidad de los ciudadanos en esta situación, a través de la puesta en práctica de comportamientos y actitudes que forman parte de este círculo vicioso de pobreza, unificándose de forma tal que es difícil darse cuenta cual empezó primero, algo así como la historia del huevo y la gallina.
En vista de que nuestro liderazgo no va a romper con este ciclo, nos toca a nosotros los ciudadanos hacer lo necesario para salir de este pantano que nos ahoga despacio cual arena movediza. Aquí hay 5 conductas que todos, desde nuestro círculo de influencia podemos empezar a implementar para transformar nuestra realidad individual, y eventualmente, la social:
  1. Respetar el tiempo: Aunque sea cliché y lo hayamos escuchado mil veces, ser puntual es una pieza clave del desarrollo. El tiempo es el único recurso que todos tenemos en la misma medida, y no importa lo que hagamos jamás lo podremos recuperar. Copiemos el ejemplo que nos dan la mayoría de los países desarrollados y empecemos a respetar el tiempo de nuestros compañeros de trabajo, de nuestros clientes, de nuestros suplidores y de nuestras familias.
  2. Amor por el trabajo: Nada grandioso ha sido jamás logrado por el que está contando los minutos para que sean las 5:00 pm, o el que cuenta los días para que sea 15 o 30. El país necesita gente dispuesta a entregar el todo por el todo, a hacer las cosas bien, a entregar calidad.
  3. Innovación y Tecnificación: En el mundo entero los modelos de negocios tienden a la transformación diferenciada a través de la implementación de nuevas tecnologías. Es hora de montarnos en esa ola a través del aprendizaje, búsqueda de información y capacitación permanente.
  4. Ejercer consciencia política: Como dominicanos vivimos permanentemente imbuidos en la política, y es raro encontrar personas que no se involucren en la actividad partidaria de una u otra forma. El problema es que asumimos el ejercicio de la política con el mismo criterio con el que nos relacionamos con nuestro equipo deportivo favorito: desde el fanatismo, defendiendo al “nuestro” sin tomar en cuenta su desempeño y con el objetivo de “ganar”. Mientras no ejerzamos como ciudadanos una política distinta, seremos siempre tontos útiles al servicio de los intereses de los partidos gobernantes y en detrimento de nuestros intereses como ciudadanos y como país. Para que esto cambie debemos elevar nuestros estándares de los resultados que esperamos de nuestros líderes políticos, y para eso debemos formarnos en temas elementales como: en qué consiste un Estado de Derecho, nuestros derechos y deberes constitucionales, el funcionamiento del aparato estatal, el rol de los congresistas, alcaldes y regidores, qué significa el crecimiento económico, qué es el índice de Desarrollo Humano,  en qué consiste la división de poderes y el funcionamiento de nuestro sistema de Justicia.
  5. Solida ética personal: Pongamos freno al cáncer de la corrupción que arropa nuestros intercambios comerciales en la esfera pública y privada a través del “qué hay pa’mi” y el “dame lo mío”. Asumamos con valentía y seriedad la decisión que hemos tomado en términos de nuestra carrera profesional: si hemos decidido ser empleado privado, sirvamos con pasión y entrega a nuestro empleador y sus clientes; si vamos a ser profesionales o técnicos independientes, respetemos nuestra palabra al estilo de los caballeros de la época medieval, si vamos a ser empresarios, que sea la calidad de nuestros productos y la competitividad de nuestros precios, y no nuestros amarres y relaciones, los que nos permitan posicionarnos en nuestros clientes; y si vamos a ser servidores públicos, convirtámonos en fieles defensores de las leyes, de la democracia y de la calidad de servicios que los ciudadanos merecen.
Permitamos que sean estas características, y no la relación pobreza-educación, las que moldeen un renovado modelo económico que sea capaz de llevarnos, finalmente, hacia el desarrollo.

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